Amanda compra otra bolsita de maicillo
para que su hija le dé de comer a las palomas, la niña está feliz, su carita
vibra de emoción cuando las aves revolotean a su alrededor buscando el
alimento. Las persigue, se carcajea, siente que tiene el poder para agarrar
una; se le escapa, grita, corre, salta, le pide a la mamá: ¡más mamá, más!
Amanda, parada e inmóvil, vigila a la
niña con la mirada, le sonríe pero está ausente, como siempre. Observa las
primeras gotas llenar de pringuitas grises la plancha de cemento del parque
central. Mira al cielo y se tranquiliza pues piensa que será un pasón de
nube no más. Baja la mirada y no localiza a Natalia, un escalofrío le sacude el
cuerpo.




