martes, 8 de abril de 2014

Parece que va a llover

Amanda compra otra bolsita de maicillo para que su hija le dé de comer a las palomas, la niña está feliz, su carita vibra de emoción cuando las aves revolotean a su alrededor buscando el alimento. Las persigue, se carcajea, siente que tiene el poder para agarrar una; se le escapa, grita, corre, salta, le pide a la mamá: ¡más mamá, más!
    
Amanda, parada e inmóvil, vigila a la niña con la mirada, le sonríe pero está ausente, como siempre. Observa las primeras gotas llenar de pringuitas grises la plancha de cemento del parque central. Mira al cielo y se tranquiliza pues piensa que será un pasón de nube no más. Baja la mirada y no localiza a Natalia, un escalofrío le sacude el cuerpo. 
    
Corre, da vueltas, siente nausea, grita el nombre de la niña, el terror la paraliza a media calle, de donde solo la mueve trágicamente la camioneta 4x4 que a toda velocidad cruzaba en la sexta calle. A lo lejos se escucha a Natalia: ¡la agarré, mami, la agarré!



Angela Orellana

Nada

El viento somataba las cosas aquella tarde cuando todo se cubrió de  nada.
Yo estaba en mi sitio, donde siempre estoy y haciendo lo que mejor hago: nada. Tal vez esa rutina de vez en cuando se quiebra cuando la oigo resbalarse de aquí para allá como los insectos que a veces me rodean las patas.

Pero esta tarde no había nada.  Apenas me di cuenta cuando ella dejó caer su falda y le pasó cortando el paso al viento.

Yo seguía quieto, rígido, como la baldosa del piso que la escupió repentinamente hacia arriba y ella sin saber qué hacer se quedó suspendida tratando de asirse del marco de la puerta como una de esas gotas pesadas de agua que yo también he sentido surcarme.

Pero aquello no era nada y ella lo sabía. Lo sabía como yo siempre lo he sabido. Por eso siempre estoy donde estoy y por eso ella también está donde está.

Solo una cosa nos diferencia: La nada no me impulsa, no me deshecha como a ella.  A ella la dispara al aire como a mí me amarra al piso cuando ella me deja en la esquina y su nada la hace odiarme lo suficiente como para no sentarse sobre mí.



 Diana Morales

Mi Espanto

Ese día al fin acabé con tu fantasma; me funcionó el exorcismo, ya no más gemidos, ni ataques, ni ruido de muebles cayendo, ni vidrios rotos, ni arañazos desgarrando las cortinas. No más sombras arrastrándose cabeza abajo en las gradas ni pasos pesados en el segundo nivel cuando allí no había nadie.

Todo está tan tranquilo hoy, ni un sonido, ni el más mínimo suspiro; las ollas y los platos que siempre caían armando tremendo alboroto en la cocina hoy están en orden, sin movimiento. El gato duerme plácidamente panza arriba. Cierro el libro, enciendo la televisión, tomo un vaso de agua, apago la televisión, abro de nuevo el libro.  Pasa un día, una noche, una semana, un mes, casi un año, no volviste. Esta vez es real no volverás, tengo miedo, hay demasiado silencio.

Ruth Vaides

Retrato de familia

Sentía como el sudor de las manos le enmantecaba las ganas de seguir caminando por los pasillos relucientes del centro comercial; sentía que la gente lo miraba con asco, llegó a pensar que su cuerpo despedía algún olor repugnante; disimuladamente levantó el brazo derecho para olerse la axila, olía a jabón palmolive, decidió no poner atención a las miradas de la gente y tratar de tranquilizar a su pequeña hija que se volvía loca frente a las vitrinas iluminadas y brillantes, llenas de objetos y sin embargo tan vacías; al menos eso pensaba él que no encontraba sentido a esa ropa, a esos juguetes a esos aparatos que valían mucho más que su mensualidad completa. Le angustiaba la cara de su mujer embobada frente a una tienda de bikinis hawaianos. Luego de ver a su hija y a su mujer frente al aparador solo pudo ver la punta de sus zapatos infinitamente gastados, sintió nausea y pena. quiso correr y huir del lugar pero se mordió los labios para no llorar y le echó encima el brazo a su mujer y le dijo "Chileros va".

La primera vez en el centro comercial fue angustiante, pero aún faltaba al cena con la familia de la esposa; se colocó el saco color ratón y una camisa de mangas blancas. Todo estaba bien excepto los botones a punto de explotar; había comprado aquella camisa hacía dos décadas y pretendía entrar en ella con sus 30 libras de más. se vio al espejo, las canas de la barba a medio crecer no le gustaban pero ya no había tiempo para la rasuradora, intentó ocultar la incipiente calvicie con los pelos del lado derecho del cráneo, se reconoció ridículo pero no le importó, decidió que esa noche nada importaría que nada sería igual. Los hermanos de su mujer tenían la opinión que su cuñado era un perdedor, demasiado chaparro y demasiado moreno, que su hermana había perdido el juicio, que el pinche amor es ciego y culero. Todo eso a el no le importaba y menos esa noche que durante la cena presumiría que llevó a la familia a conocer el centro comercial, se sentía osado. Antes de salir su mujer sacó un paquete de la bolsa y se lo puso en las manos, úsala hoy le dijo entre cariñosa y mandona. El sacó la prenda de su empaque, se encerró en el baño y se ahorcó con la corbata nueva, mientras tanto la cena se enfriaba en una empalagosa mesa envidiosa.

Juan Calles

lunes, 7 de abril de 2014

Negro. EL Gato

                                                                                    <<Intenté pegarte un tiro.  Sin éxito.>>



 La  habitación se había convertido en un semi-espacio:  sobre la mitad de la cama, la mitad de un colchón de color anónimo que conservaba la mitad de las manchas de antiguos amores.

En una media mesita adosada a la pared, la porción de un florero escupía pétalos  al aire.
Un gramófono o lo que queda de el emitía sonidos grises y vacíos.

Sentado sobre el piso lo miraste  fijamente.  Yo no había reparado en su presencia hasta que disparé y empezó  a maullar en un tono lastimero  cuando la bala quedó atrapada en una de las órbitas de sus  ojos.
Mi rostro estaba mojado de sudor y lágrimas.

Era media noche.


Carolina Pineda