Sentía como el sudor de las manos le enmantecaba las ganas de seguir caminando por los pasillos relucientes del centro comercial; sentía que la gente lo miraba con asco, llegó a pensar que su cuerpo despedía algún olor repugnante; disimuladamente levantó el brazo derecho para olerse la axila, olía a jabón palmolive, decidió no poner atención a las miradas de la gente y tratar de tranquilizar a su pequeña hija que se volvía loca frente a las vitrinas iluminadas y brillantes, llenas de objetos y sin embargo tan vacías; al menos eso pensaba él que no encontraba sentido a esa ropa, a esos juguetes a esos aparatos que valían mucho más que su mensualidad completa. Le angustiaba la cara de su mujer embobada frente a una tienda de bikinis hawaianos. Luego de ver a su hija y a su mujer frente al aparador solo pudo ver la punta de sus zapatos infinitamente gastados, sintió nausea y pena. quiso correr y huir del lugar pero se mordió los labios para no llorar y le echó encima el brazo a su mujer y le dijo "Chileros va".
La primera vez en el centro comercial fue angustiante, pero aún faltaba al cena con la familia de la esposa; se colocó el saco color ratón y una camisa de mangas blancas. Todo estaba bien excepto los botones a punto de explotar; había comprado aquella camisa hacía dos décadas y pretendía entrar en ella con sus 30 libras de más. se vio al espejo, las canas de la barba a medio crecer no le gustaban pero ya no había tiempo para la rasuradora, intentó ocultar la incipiente calvicie con los pelos del lado derecho del cráneo, se reconoció ridículo pero no le importó, decidió que esa noche nada importaría que nada sería igual. Los hermanos de su mujer tenían la opinión que su cuñado era un perdedor, demasiado chaparro y demasiado moreno, que su hermana había perdido el juicio, que el pinche amor es ciego y culero. Todo eso a el no le importaba y menos esa noche que durante la cena presumiría que llevó a la familia a conocer el centro comercial, se sentía osado. Antes de salir su mujer sacó un paquete de la bolsa y se lo puso en las manos, úsala hoy le dijo entre cariñosa y mandona. El sacó la prenda de su empaque, se encerró en el baño y se ahorcó con la corbata nueva, mientras tanto la cena se enfriaba en una empalagosa mesa envidiosa.
Juan Calles

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