El viento
somataba las cosas aquella tarde cuando todo se cubrió de nada.
Yo estaba en
mi sitio, donde siempre estoy y haciendo lo que mejor hago: nada. Tal vez esa
rutina de vez en cuando se quiebra cuando la oigo resbalarse de aquí para allá como
los insectos que a veces me rodean las patas.
Pero esta
tarde no había nada. Apenas me di cuenta
cuando ella dejó caer su falda y le pasó cortando el paso al viento.
Yo seguía
quieto, rígido, como la baldosa del piso que la escupió repentinamente hacia
arriba y ella sin saber qué hacer se quedó suspendida tratando de asirse del
marco de la puerta como una de esas gotas pesadas de agua que yo también he
sentido surcarme.
Pero aquello
no era nada y ella lo sabía. Lo sabía como yo siempre lo he sabido. Por eso
siempre estoy donde estoy y por eso ella también está donde está.
Solo una cosa
nos diferencia: La nada no me impulsa, no me deshecha como a ella. A ella la dispara al aire como a mí me amarra
al piso cuando ella me deja en la esquina y su nada la hace odiarme lo
suficiente como para no sentarse sobre mí.
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Diana Morales

"... y su nada la hace odiarme..."
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